Amelia
Lucas me vino a buscar a mi casa,
con una cesta como de picnic, pero no me dejó ver que llevaba dentro, por la
tarde, antes de irnos llamamos a Esteban (el empollón) y a Enrique (el friki)
para saber como les ha ido la “cita” con Ever y Sofía, se ve que cuando
llegaron allí las chicas los vieron dieron media vuelta y se fueron, bueno, por
lo menos las fastidiamos y las llevamos hasta allí.
-¿A dónde me llevarás?-le pregunto
yo.
-Sorpresa, sorpresa-dice él.
-Eres malo...-le digo yo enfurruñada.
-No te creas, solo un poco...-dice
él sonriéndome-venga, vamos.
-¿Vamos a pie?
-No, en tren, es que está un poco
lejos.
-A, pues espera que cojo dinero
para el tren...
-No hace falta corazón, yo te lo
pagaré.-me dice sonriendo.
-Vale-digo yo besándolo en la
mejilla.
Nos fuimos a la estación de tren, cogimos
un tren que nos llevó a las afueras de París, era un pueblecito pequeño.
-¿Dónde estamos?- pregunte yo
mirando las casas.
-Cuando era pequeño vivía aquí.
-Me gusta este sitio, es
tranquilo...-le dije yo.
-Sí, a mi también me gusta mucho
estar aquí, por eso te he traído.
-No conocía este pueblo, cuando
seamos mayores, quiero que vivamos aquí.
-Me parece genial, viviremos aquí,
hasta que seamos unos viejecitos que no puedan ni andar.-dice Lucas riéndose.
-Hombre, también quiero ir a ver
mundo, pero sí, seremos unos canosos que viven juntos en una casita acogedora.
-Pues así será.-me dice él dándome
la mano.
Caminamos durante unos 10 minutos,
las casas eran todas muy grandes, y había campos y pequeñas riendas donde
vendían verdura.
Lucas me llevó a un lugar apartado
del pueblo, era como un prado, era muy bonito, y no había nadie.
-¡Qué bonito!-dije yo.
-Sí, la verdad es que sí-dice él
cogiéndome de la cintura-cuando vivía aquí venía constantemente a este sitio,
es un sitio, donde prácticamente nunca hay gente, normalmente suelo venir solo,
eres la segunda chica que traigo aquí-me dice mirándome para saber como
reacciono, y al ver que frunzo el ceño, y cruzo los brazos me dice-la otra fue
mi prima Wendy, de 10 años...-dice riéndose.
-Más te vale-le digo sonriendo.
Lucas abrió la cesta de picnic,
sacó un mantel, de esos típicos a cuadros rojos y blancos, después sacó la
comida, unos sándwiches, aceitunas, magdalenas, nos íbamos a poner las botas.
-¿Tienes hambre?-me preguntó cuando
lo había colocado todo y se había sentado en el suelo.
-La verdad es que viendo todo esto,
difícilmente puedes conseguir que no te entre el hambre-le dije sonriéndole.
Nos pasamos la tarde allí sentados,
cuando ya no teníamos más hambre lo guardamos todo en la cesta, y nos tumbamos
en el césped, yo apoyé la cabeza en el pecho de Lucas, cada vez que me acercaba
mucho sentía como su corazón se aceleraba por la proximidad, me gustaba que él
también estuviese nervioso.
-¿Me quieres?-me pregunta él
acariciándome el pelo.
-Pues claro, sino no te
aguantaría-le digo bromeando.
-¡Eh!-dice él haciéndose el
ofendido-¡Pues ahora veras!-y me empieza a hacer cosquillas.
-¡Ah! ¡¡Para, para!! ¡¡¡Me haces
cosquillas!!!-le digo yo riéndome escandalosamente.
Esas cosquillas, pronto se convierten
en besos.
-Lucas, deberíamos parar-digo yo
agitada cuándo siento las manos de Lucas bajo mi camiseta.
-Es verdad...-dice él apartándose
un poco para poder respirar bien, sus mejillas están sonrosadas a causa de la
excitación.
-Te quiero, pero aquí no.-le digo
yo al notar que piensa que me aparto de él.
-Lo sé, y lo entiendo, pero es que
a veces me descontrolas...-dice él, y no se de donde se saca una sonrisa
preciosa.
-Venga Lamoretti, tenemos que
irnos-le digo levantándome.
-Sí, ¿te parece bien que vayamos a
cenar juntos?
-Claro, pero yo no tengo
dinero...-le digo yo-vamos otro día si eso...
-¡Ah! No, no, no-me dice él-esta es
mi sorpresa y te voy a invitar a cenar.
Acepté, nos fuimos a cenar a un
restaurante chino, donde la comida estaba bastante bueno, después me acompaño a
casa de Leire, ella y yo habíamos acordado que me quedaría en su casa esa
noche, para no molestar a Lucas.
-¡Que bien! ¡ya estás aquí!-dijo
Leire al verme-Te estaba esperando.
Como las dos ya habíamos cenado nos
fuimos las dos a la habitación.
-Tenemos que salir de fiesta algún día
de estos las tres solas-le dije yo.
-¿Para qué?-respondió ella sin
mucho ánimo.
-Ay chiqui, pues para conocer
chicos, divertirnos...
-¿Conocer chicos? Ya conozco
suficientes...
-Pero seguro que allí encuentras a
uno mejor-le dije yo, tenía qu convencerla y que se olvidase de Joel.
-No sé... no tengo nada que
ponerme...
-¡Tonterias! Nos iremos de compras
o te dejaremos algún vestido, pero me niego a que te quedes encerrada en casa
como una monja.
-De acuerdo...-dijo ella, por fin
la había convencida.
-Pues nena, ¡prepárate para salir
de marcha!
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